Un cine en defensa de la familia
Pero, si el cine tiene esa capacidad de influencia, ¿por qué no utilizarla para el bien? Si puede incidir en las conductas y actitudes de millones de personas, ¿por qué no impulsar historias que edifiquen, que transmitan valores y estilos de vida positivos, que difundan una imagen más alegre y enriquecedora de la institución familiar?
Esto es lo que, en 1994, decidió acometer la Liga del Sagrado Corazón, una institución católica de Mississippi dedicada a fines piadosos y sociales. Creó en su seno una productora de cine, la Gregory Productions, con la intención de realizar una película de bajo presupuesto “que alentara al público a un mayor entendimiento y apreciación de los valores de la tradición judeo-cristiana, y a acogerlos como propios, en particular el amor y la reverencia a Dios”. Después de dos años de búsqueda infructuosa de guiones, contrataron como guionista a Lee David Zlotoff, un judío practicante, padre de cuatro hijos, que en menos de un mes escribió el guión de La historia del Spitfire Grill (1996), y más tarde lo dirigiría. El resultado fue un magnífico melodrama moral, largamente aclamado en el prestigioso Festival de cine independiente de Sundance, donde ganó el Premio del Público. No es para menos. Porque esta cinta da claramente primacía a la nitidez moral de la historia sobre su eficacia sentimental. Zlotoff apela tanto al corazón como a la cabeza del espectador y, con un sutil dominio de la puesta en escena, logra un rico mosaico de situaciones donde confluyen los grandes temas de hoy y de siempre: el amor, la familia, la compasión, el perdón, las relaciones con Dios…
Un proyecto semejante es la productora italiana Lux Vide, de Ettore Bernabei, que nació con el de impulsar productos audiovisuales dirigidos a la familia y que trataran de promover valores. En 1991 inició un gigantesco serial sobre “La Biblia” (21 miniseries), que recibió numerosos premios internacionales. Como punto central de este gran proyecto, en 1999 produjo con la CBS americana la miniserie Jesús, de cuatro horas de duración, que fue emitida por 144 televisiones de todo el mundo coincidiendo con el Gran Jubileo del año 2000. Sólo en Estados Unidos fue vista por 24 millones de espectadores y recibió la nominación Emmy a la mejor miniserie del año. Culminado el serial de la Biblia, inició otra serie documental sobre personajes célebres del siglo XX: Marconi, Golda Meir, Coco Chanel…. Pero las que cosecharon mayores audiencias fueron, precisamente, las dedicadas a la Madre Teresa de Calcuta, Juan XIII y Juan Pablo II. Las tres alcanzaron en la televisión italiana shares superiores al 25%, de forma que dieron el salto a las salas de exhibición, donde obtuvieron también audiencias millonarias.
En una entrevista, Bernabei comentaba: “Esta ficción televisiva de argumento religioso ha tenido éxito por su calidad. Y también porque la gente corriente tiene necesidad de espiritualidad, quiere conocer aquello que aparece como misterioso, no explicable con la sola razón, ya que en el fondo de cada uno hay interrogantes a los que es difícil dar una respuesta“. Más adelante, a propósito de la vulgaridad en los programas televisivos, señalaba: “La televisión en el mundo no es contraria a una concepción religiosa de la vida, pero prefiere eludirla. Y a fuerza de obviarla, no se preocupa de aquellas reglas morales que van unidas a la vida espiritual. La vulgaridad nace de esto” (6).
Es significativo que el prestigioso American Film Institute, al elaborar las listas de los mejores filmes de la historia, haya querido publicar —año tras año— su listado de “The 100 most inspiring movies”: las cien películas más inspiradoras de la historia, las que más han contribuido a inspirar actitudes y valores positivos. El filme número 1 es siempre Qué bello es vivir (1946), de Frank Capra: un canto a la esperanza, que representa lo mejor del espíritu navideño y que ensalza los valores familiares en ese apoyo de la comunidad a quien ha gastado su vida en servicio a todos y a su familia. El número 2 lo ocupa Matar a un ruiseñor (1962), que transmite hermosas lecciones sobre la integridad, la justicia, el sentido del deber, el valor de la familia y la importancia de servir a los demás. Otras películas incluidas en las primeras posiciones son: El milagro de Ana Sullivan (1962), la historia real de una maestra empeñada en enseñar el lenguaje a una niña ciega y sorda; Salvar al soldado Ryan (1998), una cinta de heroísmo y entrega, en medio de miserias y debilidades; o Cadena perpetua (1994), un drama carcelario que afronta bellamente tres temas fundamentales: la amistad, la esperanza y la redención. El momento en que el protagonista “regala” unos minutos de música clásica a los presos refleja mejor que mil discursos esa libertad interior que ninguna cárcel del mundo podrá amordazar jamás (7).
Ciertamente, el cine puede tener sus peligros, pero puede también inspirar, aportar valores y provocar esa transferencia de personalidad en una dirección enriquecedora y positiva. El único requisito es que sepa contar bien historias que merezcan la pena; relatos o biografías cuyo ejemplo sea un modelo a seguir. El ya citado productor David Puttnam, señalaba a propósito de esto en una entrevista: “Recuerdo haber visto Un hombre para la eternidad cientos de veces, no por sus cualidades fílmicas, que las tiene, sino por el efecto que producía en mí: el hecho de permitirme esa enorme presunción de salir del cine pensando: ‘Sí, yo también hubiera dejado que me cortaran la cabeza para salvaguardar un principio’. Sabía de sobra que no era así, y probablemente nunca encontraría a nadie que lo hiciera, pero el cine me permitió ese sentimiento; me permitió que, por un momento, sintiera que todo lo decente que había en mí se había puesto en pie. Esto es lo que el cine puede conseguir”(8).
Conseguir esto es una tarea ardua y no sencilla, pero alcanzable. Y exige el compromiso de todos. De los cineastas, en primer lugar: que deben sentir la responsabilidad de su tarea a la hora de concebir sus películas. De los gobiernos, en segundo lugar: que deben potenciar y facilitar aquellas producciones potenciadoras de la vida social y familiar. Y de los espectadores —en primer lugar, de las familias y los educadores— para que sepamos ver, y enseñar a ver a nuestros hijos, las películas y la teleseries con una mirada crítica, selectiva y enriquecedora.


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